El derecho a defenderse no incluye convertir a las mujeres en acusadas
Dos mujeres decidieron hablar de hechos que denuncian abusos, y el movimiento #YoTeCreoColega hizo visible en redes sus denuncias. Sin embargo, 48 horas después, el país había cambiado de tema. Ya no discutía lo que ellas contaron. La discusión giró en torno a cómo lo contaron las periodistas que las acompañaron.
Ese giro es la noticia. No las denuncias de presunto abuso. No el video de dieciocho minutos de defensa que publicó en sus redes el presunto abusador. No la llamada que Rafael Poveda difundió en su Instagram bajo la promesa de que no se iba a quedar callado. La noticia es que, en menos de dos días, la pregunta pública pasó de "¿qué les pasó a estas mujeres?" a "¿por qué las periodistas lo hicieron así?".
Voy a sostener una afirmación que a muchos no les va a gustar. Ese desplazamiento no ocurrió porque las periodistas hayan fallado. Ocurrió porque en este país el error de una mujer se entiende como sentencia y el del hombre como circunstancia. Y esta vez el precio no lo pagan solo dos denunciantes. Lo paga un movimiento que llevaba dos décadas juntando testimonios.
El guión tiene nombre
Lo que hizo Poveda no lo inventó él. Es un guion viejo, y está estudiado. Se llama DARVO (deny, attack, reverse victim and offender), por sus siglas en inglés: negar, atacar, e invertir los papeles de víctima y victimario.
Lo describió la psicóloga Jennifer Freyd en 1997. Sarah Harsey y Freyd lo midieron en 2020 con un experimento: cuando el señalado responde con esa fórmula, quienes observan terminan creyéndole menos a la víctima, culpándola más, y viendo al acusado como menos responsable. Eso no lo afirma una consigna feminista: lo probaron con investigaciones aplicadas, con método que incluyó muestra y grupo de control.
El manual trae dos tácticas. La primera es hacer de héroe: exhibir la trayectoria intachable. La segunda es hacer de víctima: exhibir el daño propio. Poveda las hizo las dos en el mismo pronunciamiento. Cuarenta años de carrera sin un solo señalamiento, por un lado. "Manchan mi nombre antes de que yo pueda responder", por el otro. Héroe y víctima en una sola escena.
Y funcionó. Porque el guión no necesita que el público razone. Necesita que el público quiera y decida creerle. Las masas se mueven por emociones y las de hoy aún más conectadas y ansiosas responden fácilmente a este estímulo.
Los que salieron a respaldarlo
Aquí es donde la cosa se vuelve sociológica y deja de ser un pleito entre un periodista y un colectivo que defiende los derechos de las mujeres.
La actriz Mabel Moreno le escribió en su cuenta verificada: "te conozco desde niña y sé que eres un caballero". Andrea Valdiri sumó su solidaridad. Leszli Kálli, que aclara que ella defiende a las mujeres, escribió que a los veintiocho años una denuncia así "no le cuadra", que a una menor de veinte podría creerle, pero a una adulta no. La periodista Karla Arcila, veintitrés años de oficio, dijo que el punto de Poveda es válido y que las maneras de Mónica Rodríguez fueron desproporcionadas.
Analicemos entonces lo que ninguno de esos mensajes contiene: un solo dato sobre lo que pasó o no pasó. Ninguno estuvo ahí. Todos están hablando de otra cosa, todas cambiaron de foco.
Mabel Moreno no está declarando sobre los hechos. Está transfiriendo capital. "Te conozco desde niña" convierte su prestigio, su afecto y su fama en un aval sobre una conducta que no presenció y de la cual no tiene evidencia. Pierre Bourdieu lo llamó capital simbólico: esa moneda que se acumula por reputación y que, en el momento justo, se gasta para respaldar a los suyos. La denunciante no tiene esa moneda. El señalado, sí. La balanza no arranca en cero. No hay simetría entre confrontados.
El mensaje de Leszli Kálli es más revelador todavía, y más doloroso. Una mujer que dice defender a las mujeres aplica, sin darse cuenta, el filtro más viejo del patriarcado: la víctima ideal. El criminólogo Nils Christie describió esa figura en 1986. La única víctima creíble es la perfecta. Joven, indefensa, sin años encima, sin una sola decisión que se le pueda reprochar. A los diecinueve te creo. A los veintiocho ya deberías haber sabido. El estándar no evalúa lo que ocurrió. Evalúa si la mujer tiene derecho a ser creída, y casi nunca lo tiene, porque sobre sus denuncias prevalece la etiqueta y el prejuicio.
Y ahí aparece lo que Rita Segato explicó para toda América Latina: el mandato de masculinidad no lo sostienen solo los hombres. La sociedad del patriarcado se cierra, y recluta. Recluta a mujeres que, para pertenecer, para no ser la próxima sospechosa, aprenden a vigilar a otras mujeres con más severidad que los propios hombres. Bourdieu lo nombró violencia simbólica: la dominación se vuelve tan natural que la reproduce quien la padece. Cuando una mujer descalifica a otra por no haber sido víctima de manera correcta, no está traicionando a su género. Está obedeciendo un orden que aprendió antes de poder cuestionarlo.
Lo que le hace esto a las que miran
Un influencer no es una opinión más. Es un altavoz con autoridad prestada. Cuando figuras conocidas declaran públicamente que el señalado es un caballero, no están cerrando un caso. Están fijando un clima, definiendo un límite. La socióloga Elisabeth Noelle-Neumann lo llamó la espiral del silencio: las personas leen el ambiente antes de hablar, y cuando perciben que la mayoría visible piensa distinto, callan. No porque cambien de opinión. Por miedo al costo de quedar del lado impopular. Por miedo a expresar ideas que puedan afectar el orden y terminen siendo señaladas o enjuiciadas con la misma severidad. Quedando en firme la idea: MEJOR ME CALLO.
Piensen en las mujeres que están mirando esto. Las que tienen su propio testimonio guardado, el que nunca contaron porque "así es él", porque "mejor evítalo", porque ya vieron cómo termina la que se atreve. Cada mensaje de solidaridad con el señalado les confirma la lección. Denunciar cuesta. Te van a revisar la edad, la ropa, la reacción, el tono, la demora. Te van a preguntar por qué no gritaste, por qué volviste, por qué no lo dijiste antes, por qué lo dices ahora. Y si eres periodista y acompañas a otra, te van a auditar a ti como si el delito fuera el reportaje.
El efecto de masa no se mide en cuántos comentarios hay contra ellas. Eso no está confirmado y no me hace falta. Se mide en las que estaban a punto de hablar y decidieron que no valía la pena. En lo que ya no fue y seguirá en silencio. A mí me pasó, fui víctima de abuso siendo niña, guardé silencio, de adulta el secreto me pesó, pero mi propio juicio me hacía cuestionar si valdría la pena decirlo ahora porque me dolía enfrentar al: ¿Por qué hasta ahora? ¿Será verdad? ¿Algo no me cuadra?
No es la primera vez, y no es un capricho
Conviene recordar de dónde viene esto, porque la desmemoria es parte del método que se aplica implacable para silenciar a las mujeres y a toda forma de violencia contra el género. El colectivo que difundió las denuncias no apareció el 30 de julio cuando la noticia se hizo viral. En mayo de este año entregó un informe con más de doscientos sesenta testimonios de acoso sexual y laboral en medios colombianos, relatos que abarcan más de dos décadas de sucesos debidamente documentados. Lo firmaron periodistas con nombre y trayectoria. Y no es la palabra de ellas contra el aire: el Ministerio de Trabajo, tras inspeccionar seis medios entre marzo y abril, documentó al menos doscientos casos de acoso. Ciento cuarenta y dos laborales, cincuenta y ocho sexuales. Un dato de 2021 ya lo anticipaba: dos de cada tres periodistas mujeres reportaban haber sufrido acoso sexual en su trabajo, según el informe Periodistas sin acoso de la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género y la Fundación Karisma (2021).
Ese movimiento ya produjo consecuencias reales. Caracol anunció salidas y despidos de figuras señaladas. Ninguna de esas decisiones salió de un chisme de pasillo: las tomó la institución porque las denuncias pesaban y eran evidentes.
Y esto es memoria histórica viva. Latinoamérica lleva una década desmontando el libreto que hoy se reactiva. Ni Una Menos lo gritó en Argentina en 2015. Las Tesis lo expresó en su canto en Chile en 2019 y llamó exactamente el mecanismo: la culpa no era de ella, ni de su ropa, ni del lugar. Toda esa marea existió porque durante siglos el sistema encontró siempre, primero, la falla de la mujer. Cuando una imperfección de procedimiento basta para volver "sesgada" a toda la campaña, lo que queda desactivado es el único canal que a estas mujeres les ha funcionado. No un caso: un canal.
Lo jurídico, dicho con precisión
Soy abogada, así que aquí no voy a permitir la confusión que le conviene al guion. Rafael Poveda tiene derecho a la presunción de inocencia. La tiene completa, y nadie responsable puede quitársela. Pero la presunción de inocencia es una garantía frente al poder del Estado dentro de un proceso penal. Es lo que impide que un juez lo condene sin pruebas. No es una mordaza sobre la deliberación pública, no es una prohibición de denunciar, y no es un derecho a que nadie hable hasta que un juez falle. Invocarla para exigir silencio a las mujeres es sacarla de su cancha para usarla en otra donde no juega.
Hay algo más que debe ser incluido en el análisis, y es del derecho colombiano, no de mi opinión personal. Exigirle a una víctima un relato perfecto, cronológicamente exacto, emocionalmente contenido, sin contradicciones, jurídicamente redactado, es un estereotipo que la Corte Constitucional ya declaró ilegítimo. En la sentencia T-064 de 2023, retomando la línea de la T-016 de 2022, la Corte fue clara: las autoridades deben aplicar un análisis con enfoque de género que haga visibles los sesgos que "convierten la denuncia en un desafío para las mujeres víctimas". Esa exigencia se apoya en la Ley 1257 de 2008 y en la Convención de Belém do Pará, que Colombia ratificó mediante la Ley 248 de 1995, con su deber de debida diligencia.
El matiz es importante plantearlo porque esa jurisprudencia obliga a jueces, pero no a los seguidores de un influencer. El punto se hace más visible cuando el debate público adopta un estándar cuasijudicial para descalificar a las mujeres, replica el mismo sesgo que el derecho ya prohibió en su propio estrado: el doble estándar.
El mejor argumento del otro lado
Ahora bien. No voy a debilitar la objeción para poder ganarle. El periodismo tiene una regla de oro: buscar la otra versión antes de publicar. Contrastar. Darle a la persona señalada un tiempo razonable para responder. Y hay una disputa real de hechos sobre si eso ocurrió. Poveda dice que se enteró la mañana misma, que le ofrecieron réplica solo después de la publicación. El colectivo responde que lo contactó por WhatsApp y correo desde el 27 de julio. No pretendo resolver eso desde una columna de opinión personal. La pregunta por el método es legítima, y quien la hace no es automáticamente un misógino.
Concedido todo eso, queda la desproporción. Que el protocolo de réplica haya sido imperfecto no convierte dos testimonios de mujeres presuntamente abusadas en mentiras. No vuelve cacería a un movimiento con doscientos sesenta relatos documentados y respaldo del Ministerio de Trabajo. Ese salto —del "fallaron en la forma" al "ellas son las victimarias y las presuntas víctimas, unas mentirosas"— es precisamente donde la crítica al método deja de ser rigurosa y se vuelve coartada. Se puede auditar a las periodistas sin absolver de antemano al señalado. Lo que no se puede es usar el error de ellas para eliminar la pregunta sobre él.
Quién tiene que responder
Los llamados vagos y superficiales a la "voluntad política" no sirven. Los medios que titularon la reacción de Poveda como una "defensa frente a las periodistas" tomaron una decisión editorial, no reportaron un hecho. A ellos les corresponde explicar por qué el foco dejó de estar en el presunto abuso. Las empresas y los gremios periodísticos tienen una obligación concreta: garantizar entornos laborales libres de violencia, en los términos de la Ley 1257 y del Convenio 190 de la OIT. Y la Fiscalía tiene el deber de investigar la denuncia ya radicada con debida diligencia, sin que el ruido de las redes sociales la reemplace ni la presione en ningún sentido. Ese es el lugar donde los hechos se establecen. No el timeline.
Ganar la crisis no es tener la razón
Y sé cuál es la objeción más difícil en este asunto, porque hoy está circulando en redes sociales mientras escribo esta columna. No es la tesis que dice que las periodistas fallaron en su método. Es otra más elegante pero peligrosa: dejemos las posiciones a un lado y miremos esto como manejo de crisis.
Este argumento hay que reconocerlo completo, sin recortar para poder ganarle. Poveda no se escondió. Grabó, conservó la llamada, dio la cara, respondió con lo que llamó hechos y controló el mensaje. En redes ya lo coronaron como ganador por su capacidad de respuesta. Un influencer con miles de corazones y decenas de miles de vistas lo llamó "el sensei del manejo de crisis", y circula en Facebook una lista de lecciones de vocería que, leída en frío, no está mal. Como operación de manejo de la crisis en comunicación, funcionó. Retomó el relato. Cambió la conversación. Hoy medio internet discute la jugada de Poveda y no la denuncia.
Concedido todo eso, ahí está la trampa.
Ganar la crisis y tener la razón son dos cosas distintas, y confundirlas fue el verdadero golpe. Que un caso de presunto abuso se evalúe como una clase magistral de vocería —qué astuta la grabación, qué control del mensaje— es, en sí mismo, el fenómeno que denuncio en esta columna. El aplauso al "sensei" en el que se autoconvirtió Poveda no desmiente los testimonios de las mujeres que lo señalan. Los vuelve irrelevantes. No hacía falta probar que nada pasó. Bastaba con que dejáramos de preguntarlo.
Circula un fotomontaje que enfrenta las dos caras de este caso con una sola pregunta debajo: "¿a quién le crees?". A ella le ponen una carita que llora; a él, un corazón. Se le colocó a la denunciante una frase "para mantenerme a salvo, le seguí el juego" y se la exhibe como si fuera una confesión. Sin embargo, esa afirmación suya tiene un significado contrario. Describe una respuesta de supervivencia. La investigación de Möller, Söndergaard y Helström (2017), sobre casi trescientas mujeres, halló que siete de cada diez quedan paralizadas durante la agresión, con el cuerpo inhibido en vez de resistiendo. Apaciguar, congelarse, "seguirle el juego" son parte de ese repertorio involuntario. La pasividad de una víctima no prueba consentimiento. Convertirla en su declaración de culpa es la manipulación narrativa de siempre, pero ahora dentro de un cuadrito viral en Facebook.
Entonces el "manejo de crisis" no es un análisis neutral del caso. Es el nombre amable de la operación. Y su éxito no absuelve a nadie: enseña. Le enseña al próximo señalado un manual: graba, adelántate, controla el relato, y le enseña a la próxima que quiera hablar exactamente cuánto le va a costar. Aplaudir la técnica es firmar el silencio de la que viene detrás.
Una sociedad que juzga con lo que tiene a la mano
Termino esta columna de opinión donde la empecé, pero un poco más abajo en sus capas.
Una sociedad moralmente imperfecta no juzga con pruebas. Juzga con lo que tiene a mano: sus afectos, sus lealtades, sus libretos heredados. Por eso el "yo lo conozco y es un caballero" pesa más que un testimonio de una presunta víctima, y por eso el "a los veintiocho no le creo" sale con tanta facilidad de la boca de una mujer. No es maldad. Es un reflejo entrenado durante generaciones para encontrar, primero, la falla de la que denuncia.
El guion cuenta con eso. Sabe que el público no va a leer el expediente, que la fiscalía tiene un marco metodológico para su investigación, que el scroll pasa rápido y que lo que hoy es noticia mañana es olvido. Pero este guion deja ver lo que siempre ha sido: "El hombre conocido merece el beneficio de la duda y la mujer desconocida, la carga de la prueba".
La medida de este país no será si las denunciantes resultan impecables. Ninguna víctima lo es, porque la víctima perfecta no existe: es un engaño diseñado para que nadie califique. La medida será si somos capaces de sostener la molestia que causa el peso de creerles el tiempo suficiente para que alguien investigue de verdad. Mientras el error de una mujer siga pesando más que un patrón de veinte años, a las que vienen detrás se les está dictando una sola instrucción: CALLADITA TE VES MÁS BONITA.
Referencias
- Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina (J. Jordá, Trad.). Anagrama. (Obra original publicada en 1998).
- Christie, N. (1986). The ideal victim. En E. A. Fattah (Ed.), From crime policy to victim policy (pp. 17–30). Palgrave Macmillan.
- Congreso de la República de Colombia. (1995). Ley 248 de 1995. Por medio de la cual se aprueba la Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer "Convención de Belém do Pará".
- Congreso de la República de Colombia. (2008). Ley 1257 de 2008. Por la cual se dictan normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres.
- Corte Constitucional de Colombia. (2023). Sentencia T-064 de 2023 (que sintetiza la línea de la Sentencia T-016 de 2022).
- Freyd, J. J. (1997). Violations of power, adaptive blindness, and betrayal trauma theory. Feminism & Psychology, 7(1), 22–32.
- Harsey, S., & Freyd, J. J. (2020). Deny, Attack, and Reverse Victim and Offender (DARVO): What is the influence on perceived perpetrator and victim credibility? Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, 29(8), 897–916. https://doi.org/10.1080/10926771.2020.1774695
- Möller, A., Söndergaard, H. P., & Helström, L. (2017). Tonic immobility during sexual assault – a common reaction predicting post-traumatic stress disorder and severe depression. Acta Obstetricia et Gynecologica Scandinavica, 96(8), 932–938. https://doi.org/10.1111/aogs.13174
- Noelle-Neumann, E. (1993). The spiral of silence: Public opinion — our social skin (2.ª ed.). University of Chicago Press.
- Organización Internacional del Trabajo. (2019). Convenio 190 sobre la violencia y el acoso.
- Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género & Fundación Karisma. (2021). Periodistas sin acoso: violencias machistas contra periodistas y comunicadoras en Colombia. https://www.redperiodistasgenero.org/
- Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.



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