La polémica religiosa que sirvió para que nadie hablara del San Juan de Dios

Contraste entre catedral vacía y sala de urgencias médicas saturada ilustrando prioridades sociales en Colombia
¿Dónde habita el amor de Dios: en el templo vacío o en la sala de urgencias llena de dolor?


Me he sentado a observar el escándalo colectivo que se ha generado por las palabras del presidente Gustavo Petro en el Hospital San Juan de Dios (Bogotá). La indignación religiosa se desbordó en redes sociales, los obispos emitieron comunicados formales citando la Constitución, y miles de personas sintieron que la fe cristiana había sido atacada. Entiendo el malestar. Respeto profundamente la devoción que millones profesan hacia Jesucristo. Pero necesito decir algo que probablemente cause malestar tanto a fanáticos religiosos como a defensores ciegos del gobierno: este debate es una cortina de humo que nos impide ver lo que realmente importa.

Indignación religiosa y doble moral en Colombia

Vamos por partes, porque aquí hay varios niveles de confusión que conviene despejar.

Primero, la distinción entre Jesús y Cristo no es un invento del Presidente Gustavo Petro ni una blasfemia improvisada. Es un debate teológico y filosófico que tiene siglos de historia académica. Jesús era un rabí judío del siglo primero que vivió bajo ocupación romana, cuestionó a las élites religiosas de su tiempo y terminó ejecutado por sedición política. Cristo es el título griego que significa ungido, el nombre con el que las instituciones posteriores construyeron una figura de poder y majestad que sirvió para fundar imperios, justificar guerras y administrar conciencias. Separar al hombre histórico del símbolo institucional no es irrespetuoso, es ejercicio hermenéutico básico. Lo hace cualquier estudiante serio de teología desde hace décadas.

Segundo, la posibilidad de que Jesús haya tenido una vida sexual no es una locura de un presidente disruptivo. Existen tesis fundamentadas que exploran esta hipótesis desde distintos ángulos. William Phipps (Lea tambien: THE CASE FOR A MARRIED JESÚS) planteó en los años setenta que en la cultura judía del siglo primero el celibato era excepcional y sospechoso, tanto que si Jesús hubiera sido soltero los evangelios habrían tenido que explicarlo o defenderlo. No lo hacen. La teología feminista argumenta que negar la sexualidad de Jesús es caer en docetismo, la herejía que sostiene que Jesús sólo parecía humano pero no lo era realmente. Si Dios se encarnó verdaderamente, experimentó todas las dimensiones de la existencia humana, incluida la pulsión sexual y el deseo. El Evangelio de Felipe, texto apócrifo del siglo segundo, presenta a María Magdalena como compañera de Jesús en un sentido que los académicos debaten hasta hoy. Y filósofos contemporáneos proponen que el ágape no tiene por qué excluir el eros, que el amor divino y el amor apasionado pueden ser expresiones compatibles de la misma entrega radical.

Menciono esto no para convencer a nadie de que Jesús tuvo relaciones sexuales, sino para dejar claro que la afirmación del presidente no sale de la nada ni es una invención demencial. Es una posibilidad que teólogos, historiadores y filósofos han explorado con seriedad. Podemos estar en desacuerdo, podemos considerar que no hay evidencia suficiente, podemos preferir la tradición dogmática que sostiene su celibato. Pero no podemos fingir que quien plantea esta hipótesis está blasfemando o inventando estupideces. Eso es deshonestidad intelectual.

Vista aérea del Hospital San Juan de Dios en Bogotá mostrando pabellones coloniales y bosque urbano en el centro de la ciudad
Hospital San Juan de Dios: 17 hectáreas de patrimonio histórico en el corazón de Bogotá. Foto: Archivo histórico.

El Hospital San Juan de Dios y el desmantelamiento de la salud pública

Ahora bien, aclarado el punto académico, vamos al fondo político que es donde realmente quiero detenerme en este análisis.

Mi reflexión no es para quienes defienden la pureza de Jesús desde su fe sincera. Mi reflexión es con la selectividad moral de una sociedad que se escandaliza por una frase sobre la humanidad de Jesús pero que guardó silencio sepulcral durante veintiocho años mientras el Hospital San Juan de Dios permanecía cerrado. Ese hospital, que fue la joya de la salud pública en Colombia, que atendió a los más pobres durante siglos, que formó a generaciones enteras de médicos y enfermeras, fue clausurado en mil novecientos noventa y ocho como primera víctima de la Ley 100 que convirtió la salud en negocio de libre mercado. Desde entonces, miles de personas se han quedado sin atención porque muchas de las EPS más cuestionadas e investigadas se quedaban con los recursos y los hospitales públicos no recibían financiamiento para contratar personal ni comprar insumos. Miles de Cristos de carne y hueso agonizaban en las puertas de clínicas privadas que no los recibían porque no tenían cómo pagar. Miles de madres vieron morir a sus hijos por enfermedades curables, mientras en este pais aun no se toma una decisión definitiva sobre un sistema en decadencia

Durante esos veintiocho años, ¿dónde estaba el escándalo colectivo? ¿Dónde estaban los comunicados de la Conferencia Episcopal exigiendo que se respetara el derecho a la vida consagrado en la Constitución? ¿Dónde estaban las marchas multitudinarias pidiendo que se reabriera el hospital? ¿Dónde estaba la indignación religiosa cuando el abandono estatal mataba por omisión? Porque resulta que nos indigna más una interpretación teológica disruptiva que la negligencia institucional. Nos ofende más que alguien humanice a Jesús en un discurso que el hecho concreto de que durante casi tres décadas la salud pública haya sido desmantelada mientras la doctrina del amor ágape convivía cómodamente con la indiferencia social.

Hospital San Juan de Dios en 1952 durante su época dorada como centro de salud pública en Bogotá, fotografía de Paul Beer
Hospital San Juan de Dios, 1952. Antes de que la Ley 100 convirtiera la salud en negocio. Foto: Paul Beer©

Fe cristiana, omisión estatal y responsabilidad moral

Aquí es donde aparece la hipocresía estructural que me produce risa, no burla. Nos hemos acostumbrado a vivir la fe como vigilancia retórica en lugar de vivirla como compromiso radical con los que sufren. Nos hemos vuelto expertos en detectar faltas teológicas ajenas pero ciegos ante nuestras propias omisiones éticas. Discutimos si el presidente tiene o no competencia para emitir conceptos sobre Jesús, citamos sentencias de la Corte Constitucional sobre libertad de cultos, invocamos el artículo cuatro de la Ley 133 de 1994, pero no movemos un dedo cuando el Estado viola sistemáticamente el derecho fundamental a la salud que esa misma Constitución protege. Exigimos respeto para nuestras creencias pero no exigimos dignidad para los enfermos que mueren esperando una cita médica que nunca llega. 

Algunos dirán: "Yo si lo he hecho, he levantado mi voz", que sí exigieron la reapertura del hospital durante estos años. Y tienen razón. Hubo trabajadores que resistieron, familias que se organizaron, activistas que no se rindieron. Pero la pregunta no es si existió resistencia individual, sino dónde estuvo el escándalo colectivo equivalente. Dónde estuvieron los trending topics, las columnas de opinión indignadas, los comunicados oficiales de instituciones religiosas exigiendo que se cumpliera el mandato constitucional de proteger la vida. Porque cuando se trata de vigilar la ortodoxia teológica de un discurso presidencial, la maquinaria de la indignación funciona a velocidad industrial. Pero cuando se trataba de exigir que se reabriera un hospital cerrado durante veintiocho años, esa misma maquinaria guardó un silencio. Y esa desnivel no es casual, es estructural. Nos hemos acostumbrado a medir la gravedad de las cosas no por el daño real que producen, sino por el escándalo simbólico que generan.

Y entonces llega alguien y me dice que me va a dar clases de teología bíblica para que no caiga en el error del presidente, para que entienda bien la diferencia entre amor ágape y amor eros, para que comprenda la continencia que Jesús profesaba. Perfecto, acepto la clase. Pero primero quiero que me expliquen algo con esa misma precisión teológica que manejan. Quiero que me expliquen cómo el amor ágape, ese amor incondicional y desinteresado que Jesús predicó, pudo convivir durante veintiocho años con el cierre del Hospital San Juan de Dios. Quiero que me expliquen cómo el amor filial, ese amor fraterno entre hijos de Dios, permitió que miles de pobres se quedaran sin atención médica mientras la clase política y la jerarquía eclesiástica miraban para otro lado. Quiero que me expliquen cómo la doctrina del servicio al prójimo se hizo compatible con un sistema de salud que convirtió el sufrimiento humano en mercancía.

Cuando me respondan eso con coherencia ética y objetividad crítica, entonces hablamos de continencia y de matices teológicos. Porque yo sí sé distinguir entre un error retórico y  negligencia por omisión. Sé distinguir entre una frase polémica en un discurso y la muerte evitable de seres humanos reales. Sé distinguir entre una interpretación teológica discutible y el abandono institucional de los más vulnerables.

Evento de reapertura del Hospital San Juan de Dios con presidente Gustavo Petro, alcalde Carlos Fernando Galán y trabajadoras históricas del hospital en enero 2026
28 de enero de 2026: Nación y Bogotá firman acuerdo por $1 billón para la reapertura.
Mientras el país debatía teología, esto pasaba

Qué se anunció realmente en el Hospital San Juan de Dios

El presidente Gustavo Petro dijo también en su discurso que el Hospital San Juan de Dios marca el fin de la Ley 100. Dijo además, que ahí muere el modelo de salud como negocio y renace la salud pública financiada por el Estado para el pueblo. Ordenó que todo trabajador o trabajadora antigua del hospital que quiera regresar pueda hacerlo por derecho. Anunció convenios para abrir facultades de medicina en territorios históricamente excluidos. Habló de un pacto por la vida que coloque la dignidad humana por encima de los intereses del capital. Eso es lo que estaba pasando en ese evento. Eso es lo que deberíamos estar discutiendo. Pero preferimos enredarnos en si Jesús tuvo o no una relación con María Magdalena.

 Lea también: Historia del Hospital San Juan de Dios

Y, mientras el país se enredaba discutiendo si el presidente tiene competencia teológica para hablar de María Magdalena, se firmó el acuerdo de política pública en salud más importante de los últimos 30 años. La Nación comprometió quinientos mil millones de pesos, Bogotá otros quinientos mil millones. Un billón de pesos para recuperar diecisiete hectáreas de patrimonio histórico en el corazón de la capital. Un hospital universitario de investigación que funcionará por fuera del modelo de intermediación de las EPS, financiado directamente por el Estado, enfocado en envejecimiento y enfermedades crónicas, vinculado a facultades públicas de medicina. Eso es lo que se anunció. Eso es lo que debería estar en titulares. Pero no, preferimos debatir si Jesús tuvo o no relaciones con María Magdalena.

El Secretario de Salud de Bogotá declaró que le resultó frustrante que el discurso presidencial se centrara en anécdotas personales en lugar de explicar los detalles técnicos del modelo innovador que se implementará. Tiene razón en algo: se perdió la oportunidad de que el país entendiera la magnitud del proyecto. Pero la pregunta es quién perdió esa oportunidad. No fue el presidente quien decidió que los medios de comunicación y las redes sociales se enfocaran exclusivamente en las frases polémicas. Fue la sociedad colombiana la que eligió indignarse por una interpretación teológica en lugar de celebrar que después de veintiocho años un hospital público vuelve a funcionar.


Fachada neoclásica deteriorada del Hospital San Juan de Dios evidenciando años de abandono estatal en Bogotá
La arquitectura que resistió el abandono. 21 edificaciones son patrimonio nacional

Las obras antes que las palabras: ética pública y dignidad humana

Jesús dijo que la ley se hizo para el hombre y no el hombre para la ley. Dijo que los sábados fueron hechos para servir al ser humano y no al revés. Curó en sábado violando las normas religiosas de su tiempo porque consideraba que la vida concreta de las personas importaba más que el cumplimiento formal de los preceptos. Tocó leprosos rompiendo las leyes de pureza ritual porque entendía que la compasión era superior a la ortodoxia. Se sentó a comer con pecadores y prostitutas escandalizando a los fariseos que custodiaban la moral pública. Y lo mataron por eso. Lo mataron porque su praxis política amenazaba el orden establecido, porque su defensa radical de los descartados incomodaba a quienes administraban el poder en nombre de Dios.

Si algo nos enseñó ese hombre, el hijo de dios hecho carne, llámese Jesús o Cristo o Jesucristo, es que el amor auténtico se mide por las obras y no por la corrección doctrinaria. Que la fe verdadera se juega en el servicio concreto a quien sufre y no en la vigilancia teológica del discurso ajeno. Que defender a Dios exige primero defender la vida de los hijos de Dios que están muriendo por causas evitables.

Entonces propongo algo. Dejemos de pelear por interpretaciones teológicas que ninguno de nosotros puede demostrar empíricamente y concentrémonos en lo verificable. ¿El hospital se está abriendo o no? ¿Van a contratar de nuevo a los trabajadores despedidos o no? ¿Se va a garantizar atención médica gratuita y de calidad para los más pobres o no? ¿Se van a abrir facultades públicas de medicina en los territorios olvidados o no? Esas son preguntas con respuestas concretas. Esas son las obras por las cuales seremos juzgados, no por nuestras palabras.

Puertas cerradas y rejas del Hospital San Juan de Dios durante 28 años de clausura en Bogotá
Las rejas que separaron a los enfermos de la atención médica por casi tres décadas. Foto: Archivo

Y si alguien me pide que condene al presidente por sus afirmaciones sobre Jesús, le respondo con otra pregunta. ¿Condenaste con la misma vehemencia a los gobiernos que cerraron el hospital? ¿Marchaste exigiendo su reapertura? ¿Denunciaste públicamente el desmantelamiento de la salud pública? Porque si tu indignación solo aparece cuando alguien toca un símbolo religioso pero desaparece cuando personas reales no pueden acceder a servicios de salud con calidad y oportunidad, entonces tu fe no es profunda, es selectiva. Y la fe selectiva no es fe, es ideología disfrazada de espiritualidad.

El amor de Dios es infinito, puro, y supera cualquier palabra escrita en cualquier texto redactado por seres humanos falibles. No se reduce a versículos aislados ni a dogmas incuestionables ni a posiciones cerradas de una u otra parte. Nos manda a amarnos unos a los otros como Él nos amó. Nos manda a perdonar setenta veces siete. Nos manda a dar de comer al hambriento, de beber al sediento, a vestir al desnudo, a visitar al enfermo y al preso. Nos manda a hacer obras de misericordia y no a convertirnos en auditores morales del discurso ajeno.

Así que si de verdad queremos honrar a Jesús, empecemos por amar a Petro y perdonarlo. Y después de hacer eso, después de demostrar que somos capaces de practicar la compasión que predicamos, entonces acepto todas las explicaciones sobre teología bíblica. Mientras tanto, sigamos adelante con las obras, que es donde el ágape deja de ser retórica y se vuelve realidad tangible para los que más sufren.


Este texto no cuestiona la fe de nadie ni pretende definir verdades teológicas, sino ejercer una crítica ética y política sobre las prioridades morales de nuestra sociedad frente a la vida humana

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