¿Por qué la movilidad social en Colombia es una imposibilidad matemática?

Preste atención al dato: una persona con
salario mínimo tardaría al menos 3 millones de años de trabajo para igualar la riqueza del empresario más pudiente de Colombia. Si hablamos de un profesional con maestría, ganando el promedio nacional de 5.4 millones de pesos, el tiempo "baja" a 500,000 años.
Incluso el dueño de una micro, pequeña o mediana empresa vive atrapado en la "trampa del flujo de caja". Aunque sea su propio jefe, su patrimonio depende del día a día; de utilidades que se esfuman entre nóminas, arriendos e impuestos. Para que un microempresario alcance la lista de los más ricos solo ahorrando sus ganancias, tendría que haber abierto su negocio hace más de 100,000 años. Es decir: es un camino que no alcanza para una sola vida humana.
El sistema no es "malo" por azar; está descalibrado. Profundiza la pobreza y estanca a la clase media, y por eso es imperativo reformar nuestro modelo político y económico. Debemos avanzar depurando los proyectos, pero sin retroceder en la idea del CAMBIO. La pobreza no le sirve a nadie; cuando el entorno se degrada, la inseguridad se desborda y las oportunidades se extinguen, es toda la sociedad la que padece junta.
Durante décadas no quisimos ver que el capitalismo moderno funciona con dos motores distintos: uno automático que multiplica el dinero de los dueños del capital, y uno manual, y muy lento, que es el que debería subir los salarios y fortalecer a los emprendedores. Mientras tanto, se ha consolidado una arquitectura económica que se sostiene sobre una precarización deliberada de la fuerza de trabajo.
Se nos vende el estancamiento de los sueldos bajo el discurso de la "competitividad", mientras las fortunas de los grandes conglomerados crecen de forma exponencial y el ingreso de los profesionales permanece congelado.
A esto se le suma un sistema tributario que castiga el esfuerzo humano con impuestos al consumo y al trabajo, mientras otorga beneficios de seda a las ganancias de capital y dividendos. Es evidente la resistencia de los sectores que hoy defienden este esquema, usando la narrativa del miedo y pretendiendo hacernos sentir culpa por exigir un salario vital, bajo el supuesto de que buscar equidad destruiría la economía. En última instancia, han sido los marcos legales históricos los que han permitido que la riqueza se concentre en una cúspide inalcanzable.
Esa "falla en el diseño" es la que hace que, matemáticamente, un trabajador necesite millones de años para alcanzar a quien simplemente es dueño de los activos que el sistema valora. Aquí sí hay dos posiciones enfrentadas: la que defiende la estabilidad de los privilegios y la que busca la dignidad de las mayorías. No es una pelea de colores, es una disputa sobre el propósito del país.
Por un lado, la visión de la economía como un club privado donde el Estado protege la acumulación esperando que algo "gotee" hacia abajo; por el otro, la visión de un mercado sano porque es incluyente, donde la educación, la salud y la propiedad son el motor de una nueva clase media trabajadora.

Es una pelea de tigre con burro amarrado, donde las reglas del juego son las cuerdas que nos sujetan. Mientras el "tigre" del gran capital se mueve con total libertad amparado por leyes a su medida, al "burro", que somos el resto: el trabajador, el especialista, el pequeño empresario, le exigen que compita, pero con las patas atadas a un sistema que succiona su esfuerzo. Lo más cínico es que, desde ciertas tribunas, nos gritan que si no ganamos la pelea es porque "no nos esforzamos lo suficiente".
Entiéndalo: ni usted ni yo somos los invitados a ese banquete. En este perfil no me sigue la élite de la revista Forbes ni los magnates del país. Ellos no necesitan trabajar para ser más ricos, su dinero crece solo; a nosotros, en cambio, no nos alcanzarían mil vidas de sol a sol para llegar a donde ellos están. No nos falta berraquera; nos falta un sistema que no mueva la meta de lugar cada vez que intentamos alcanzarla.
En pocos días tendremos que decidir qué tipo de país queremos para nosotros y nuestros hijos. Usted decide si quiere seguir anclado a un sistema utilitario que nos mantiene endeudados, o si decide sostener la esperanza de un futuro donde el esfuerzo realmente se traduzca en prosperidad. El cambio no es solo una idea política, es una necesidad matemática para que la calidad de vida deje de ser un privilegio de pocos y se convierta en una posibilidad para todos.
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